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sábado, 15 de octubre de 2011

Juan Pablo II: "Llamados a remar mar adentro".

Jesús, Hijo de Dios,
en quien habita la plenitud de la divinidad,
que llamas a todos los bautizados a "remar mar adentro",
recorriendo el camino de la santidad,
suscita en el corazón de los jóvenes
el anhelo de ser en el mundo de hoy
testigos del poder de tu amor.

Llénalos con tu Espíritu de fortaleza y de prudencia
para que lleguen a descubrir su auténtico ser
y su verdadera vocación.

Salvador de los hombres,
enviado por el Padre para revelar el amor misericordioso,
concede a tu Iglesia el regalo
de jóvenes dispuestos a remar mar a dentro,
siendo entre sus hermanos
manifestación de tu presencia que renueva y salva.

Virgen Santísima, Madre del Redentor,
guía segura en el camino hacia Dios y el prójimo,
que guardaste sus palabras en lo profundo de tu corazón,
protege con tu maternal intercesión
a las familias y a las comunidades cristianas,
para que ayuden a los adolescentes y a los jóvenes
a responder generosamente a la llamada del Señor.

Amén.

Oración final del mensaje del Papa Juan Pablo II con ocasión de la XLII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.
Castel Gandolfo, 11 de agosto del 2004

viernes, 18 de septiembre de 2009

Festividad de San José de Cupertino

18 de Septiembre
Fiesta de San José de Cupertino


San José de Cupertino, patrono de los estudiantes, estimula al mundo de la cultura, en particular de la escuela, a fundar el saber humano en la sabiduría de Dios. Y precisamente gracias a su docilidad interior a las sugerencias de la sabiduría divina, este singular santo puede proponerse como guía espiritual de todas las clases de fieles. A los sacerdotes y a los consagrados, a los jóvenes y a los adultos, a los niños y a los ancianos, a cualquiera que desee ser

discípulo de Cristo, sigue indicándole las prioridades que implica esta opción radical. El reconocimiento del primado de Dios en nuestra existencia, el valor de la oración y de la contemplación, y la adhesión apasionada al Evangelio «sin glosa», sin componendas, son algunas condiciones indispensables para ser testigos creíbles de Jesús, buscando con amor su santo rostro. Así hizo este místico extraordinario, ejemplar seguidor del Poverello de Asís. Tenía un amor tierno al Señor, y vivió al servicio de su reino. Desde el cielo ahora no deja de proteger y sostener a cuantos, siguiendo sus pasos, quieren convertirse a Dios y caminar con decisión por la senda de la santidad.

San José de Cupertino se distinguió por su sencillez y su obediencia. Desprendido de todo, vivió continuamente en camino, yendo de un convento a otro según las órdenes de sus superiores, abandonándose siempre en las manos de Dios.

José de Cupertino, enamorado del misterio de la Encarnación, contemplaba extasiado al Hijo de Dios nacido en Belén, llamándolo afectuosa y confidencialmente «el Niñito». Expresaba casi exteriormente la dulzura de este misterio abrazando una imagen de cera del Niño Jesús, cantando y bailando por la ternura divina derramada abundantemente sobre la humanidad en la cueva de la Navidad.

Era también conmovedora su participación en el misterio de la pasión de Cristo. El Crucificado estaba siempre presente en su mente y en su corazón, en medio de los sufrimientos de una vida llena de incomprensiones y a menudo de obstáculos. Derramaba abundantes lágrimas cuando pensaba en la muerte de Jesús en la cruz, sobre todo porque, como solía repetir, fueron los pecados los que traspasaron el cuerpo inmaculado del Redentor con el martillo de la ingratitud, del egoísmo y de la indiferencia.

Otro aspecto importante de su espiritualidad fue el amor a la Eucaristía. La celebración de la santa misa, así como las largas horas transcurridas en adoración ante el tabernáculo, constituían el centro de su vida de oración y de contemplación. Consideraba el Sacramento del altar como «alimento de los ángeles», misterio de fe legado por Jesús a su Iglesia, Sacramento donde el Hijo de Dios hecho hombre no aparece a los fieles cara a cara, sino corazón a corazón. Con este sumo misterio -afirmaba- Dios nos ha dado todos los tesoros de su divina omnipotencia y nos ha manifestado claramente el exceso de su misericordia divina. El contacto diario con Jesús eucarístico le proporcionaba la serenidad y la paz, que luego transmitía a cuantos encontraba, recordando que en este mundo todos somos peregrinos y forasteros en camino hacia la eternidad.

De la Iglesia, percibida en su íntima realidad de Cuerpo místico, se sentía miembro vivo y activo. Se adhirió totalmente a la voluntad de los Papas de su tiempo, dejándose acompañar dócilmente a los lugares donde la obediencia lo llevaba, aceptando también las humillaciones y las dudas que la originalidad de sus carismas no dejó de suscitar. Ciertamente, no podía negar el carácter extraordinario de los dones que se le concedían, pero, lejos de cualquier actitud de orgullo o vanagloria, alimentaba sentimientos de humildad y de verdad, atribuyendo todo el mérito del bien que florecía entre sus manos a la acción gratuita de Dios.

José de Copertino sigue siendo un santo de extraordinaria actualidad, porque «está espiritualmente cerca de los hombres de nuestro tiempo», a los cuales enseña «a recorrer el camino que lleva a una santidad diaria, caracterizada por el cumplimiento fiel del propio deber».

En efecto, san José es, ante todo, maestro de oración. En el centro de su jornada estaba la celebración de la santa misa, a la que seguían largas horas de adoración ante el sagrario. Según la tradición franciscana más genuina, se sentía fascinado y conmovido por los misterios de la encarnación y la pasión del Señor. San José de Copertino vivió en íntima unión con el Espíritu Santo; estaba totalmente poseído por el Espíritu, del que aprendía las cosas de Dios para traducirlas luego en un lenguaje sencillo y comprensible para todos. Quienes se encontraban con él escuchaban con gusto sus palabras, porque, como cuentan sus biógrafos, aun siendo ignorante de lengua y cojo de caligrafía, cuando hablaba de Dios se transformaba.

En segundo lugar, el santo de Copertino sigue hablando a los jóvenes, y en particular a los estudiantes, que lo veneran como su patrón. Los impulsa a enamorarse del Evangelio, a «remar mar adentro» en el vasto océano del mundo y de la historia, permaneciendo firmemente arraigados en la contemplación del rostro de Cristo.

Seguid el ejemplo de san José, comprometiéndoos a conjugar la sabiduría de la fe con el método riguroso de la ciencia, para que el saber humano, siempre abierto a la trascendencia, avance seguro hacia un conocimiento de la verdad cada vez más pleno.

Él tomó a Cristo como centro de toda su existencia. Fue elocuente su decidido compromiso de orientar constantemente su corazón a Dios, para que nada lo separara de «su» Jesús, amado sobre todas las cosas y personas.

Su testimonio sigue representando para todos una invitación a ser santos. Aunque pertenece a una época en ciertos aspectos bastante diversa de la nuestra, señala un itinerario de espiritualidad válido para todo tiempo; recuerda el primado de Dios, la necesidad de la oración y de la contemplación, la ardiente y confiada adhesión a Cristo, el compromiso del anuncio misionero y el amor a la cruz.

San José de Cupertino sigue resplandeciendo en nuestros días como faro que ilumina el camino diario de cuantos recurren a su intercesión celestial. Conocido popularmente como el «santo de los vuelos» por sus frecuentes éxtasis y sus experiencias místicas extraordinarias, invita a los fieles a secundar las expectativas más íntimas del corazón; los estimula a buscar el sentido profundo de la existencia y, en definitiva, los impulsa a encontrar personalmente a Dios abandonándose plenamente a su voluntad.

Y ¿qué decir de su devoción filial y conmovedora a la santísima Virgen? Desde la juventud aprendió a permanecer largos ratos en oración ante la Virgen de las Gracias, en el santuario de Galatone. Luego, se dedicaba a contemplar la imagen, tan querida para él, de la Virgen de la Grottella, que lo acompañó durante toda su vida. Por último, desde el convento de Ósimo, donde pasó sus últimos años, dirigía a menudo la mirada hacia la basílica de Loreto, secular centro de devoción mariana.

Para él María fue una verdadera madre, con la que mantenía relaciones filiales de sencilla y sincera confianza. Aún hoy repite a los devotos que recurren a él: «Ésta es nuestra protectora, señora, patrona, madre, esposa y auxiliadora».

En san José de Cupertino, muy querido por el pueblo, resplandece la sabiduría de los pequeños y el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas. A través de toda su existencia indica el camino que lleva a la auténtica alegría, aun en medio de las pruebas y tribulaciones: una alegría que viene de lo alto y nace del amor a Dios y a los hermanos, fruto de una larga y ardua búsqueda del verdadero bien y, precisamente por esto, contagiosa para cuantos entran en contacto con ella.

Todas estas características hacen que san José de Cupertino esté espiritualmente cerca de los hombres de nuestro tiempo. Ojalá que, siguiendo su ejemplo, todos aprendan a recorrer el camino que lleva a una santidad cotidiana, caracterizada por el cumplimiento fiel del propio deber diario.

Todo creyente debe «remar mar adentro», confiando en la ayuda del Señor para responder plenamente a su llamada a la santidad.

En una palabra, el heroico testimonio evangélico de este atrayente hombre de Dios, reconocido por la Iglesia y propuesto de nuevo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, constituye para cada uno una fuerte invitación a vivir con pasión y entusiasmo su fe, en las múltiples y complejas situaciones de la época contemporánea.


Juan Pablo II



miércoles, 2 de septiembre de 2009





¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!

Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza— permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene pala­bras de vida, sí, de vida eterna!


Homilía del Papa Juan Pablo II en el comienzo de su pontificado

Plaza de San Pedro
Domingo 22 de octubre de 1978

lunes, 17 de agosto de 2009


"Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto, palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el arte de la oración, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!"

Juan Pablo II

viernes, 14 de agosto de 2009

“Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo. Apoyados en esta esperanza, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.”

Juan Pablo II

viernes, 7 de agosto de 2009

Del jubileo del apostolado de los laicos.

(...) El concilio ecuménico Vaticano II marcó una etapa decisiva. Con el Concilio, en la Iglesia llegó verdaderamente la hora del laicado, y numerosos fieles laicos, hombres y mujeres, han comprendido con mayor claridad su vocación cristiana, que, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 2). Treinta y cinco años después de su conclusión, yo os digo: es necesario volver al Concilio. Hay que volver a leer los documentos del Vaticano II para redescubrir su gran riqueza de estímulos doctrinales y pastorales.

En particular, debéis releer esos documentos vosotros, laicos, a quienes el Concilio abrió extraordinarias perspectivas de participación y compromiso en la misión de la Iglesia. ¿No os recordó el Concilio vuestra participación en la función sacerdotal, profética y real de Cristo? Los padres conciliares os confiaron, de modo especial, la misión de "buscar el reino de Dios ocupándoos de las realidades temporales y ordenándolas según Dios" (cf. Lumen gentium, 31).

Desde entonces se ha producido un gran florecimiento de asociaciones, en el que, además de los grupos tradicionales, han surgido nuevos movimientos, asociaciones y comunidades (cf. Christifideles laici, 29). Amadísimos hermanos y hermanas, vuestro apostolado hoy es más indispensable que nunca para que el Evangelio sea luz, sal y levadura de una nueva humanidad.

Pero ¿qué implica esta misión? ¿Qué significa ser cristianos hoy, aquí y ahora?Ser cristianos jamás ha sido fácil, y tampoco lo es hoy. Seguir a Cristo exige valentía para hacer opciones radicales, a menudo yendo contra corriente. "¡Nosotros somos Cristo!", exclamaba san Agustín. Los mártires y los testigos de la fe de ayer y de hoy, entre los cuales se cuentan numerosos fieles laicos, demuestran que, si es necesario, ni siquiera hay que dudar en dar la vida por Jesucristo.

A este propósito, el jubileo invita a todos a un serio examen de conciencia y a una continua renovación espiritual, para realizar una acción misionera cada vez más eficaz. Quisiera citar aquí las palabras que, hace ya veinticinco años, casi al término del Año santo de 1975, mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, escribió en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros (...), o si escucha a los maestros es porque son testigos".

Esas palabras tienen validez también hoy para una humanidad rica en potencialidades y expectativas, pero amenazada por múltiples insidias y peligros. Basta pensar, entre otras cosas, en las conquistas sociales y en la revolución en el campo genético; en el progreso económico y en el subdesarrollo existente en vastas áreas del planeta; en el drama del hambre en el mundo y en las dificultades existentes para tutelar la paz; en la extensa red de las comunicaciones y en los dramas de la soledad y de la violencia que registra la crónica diaria.

Amadísimos hermanos y hermanas, como testigos de Cristo, estáis llamados, especialmente vosotros, a llevar la luz del Evangelio a los sectores vitales de la sociedad. Estáis llamados a ser profetas de la esperanza cristiana y apóstoles de aquel "que es y era y viene, el Omnipotente" (Ap 1, 4).

"La santidad es el adorno de tu casa" (Sal 92, 5). Con estas palabras nos hemos dirigido a Dios en el Salmo responsorial. La santidad sigue siendo para los creyentes el mayor desafío. Debemos estar agradecidos al concilio Vaticano II, que nos recordó que todos los cristianos están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.Queridos hermanos, no tengáis miedo de aceptar este desafío: ser hombres y mujeres santos. No olvidéis que los frutos del apostolado dependen de la profundidad de la vida espiritual, de la intensidad de la oración, de una formación constante y de una adhesión sincera a las directrices de la Iglesia. Os repito hoy a vosotros lo que dije a los jóvenes durante la reciente Jornada mundial de la juventud: si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo.

Os esperan tareas y metas que pueden pareceros desproporcionadas a las fuerzas humanas. No os desaniméis. "El que comenzó entre vosotros la obra buena, la llevará adelante" (Flp 1, 6). Mantened siempre fija la mirada en Jesús. Haced de él el corazón del mundo.

Y tú, María, Madre del Redentor, su primera y perfecta discípula, ayúdanos a ser sus testigos en el nuevo milenio. Haz que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.




SS Juan Pablo II-Domingo 26 de noviembre de 2000- Solemnidad de Cristo, Rey del universo.

viernes, 3 de abril de 2009

Memoria a Juan Pablo II


aaaaa"Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él" (2 Tm 2, 11-12). Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, encontrando la cruz a lo largo de su camino, en su familia y en su pueblo. Pronto decidió cargarla juntamente con Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser su fiel servidor hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con él vivió y con él quiso también morir. Y todo ello a través de la singular mediación de María santísima, Madre de la Iglesia, Madre del Redentor, asociada de forma íntima y efectiva a su misterio salvífico de muerte y resurrección.
aaaaaSu "¡No tengáis miedo!" no se apoyaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos obtenidos, sino solamente en la palabra de Dios, en la cruz y en la resurrección de Cristo.
De la homilía de SS Benedicto XVI en el tercer aniversario de la muerte de Juan Pablo II- 2/04/2008

miércoles, 29 de octubre de 2008

Oración de Juan Pablo II a la Virgen María.

Virgen y Madre.





Oh Virgen santísima,
Madre de Dios,
Madre de Cristo,
Madre de la Iglesia,
míranos clemente en esta hora.

Virgo fidélis, Virgen fiel,
ruega por nosotros.
Enséñanos a creer como has creído tu.
Haz que nuestra fe
en Dios, en Cristo, en la Iglesia,
sea siempre límpida, serena, valiente, fuerte, generosa.
hola
Mater amábilis, Madre digna de amor.
Mater pulchrae dilectiónis, Madre del Amor Hermoso,
¡ruega por nosotros!
Enséñanos a amar a Dios y a nuestros hermanos
como les amaste tú;
haz que nuestro amor a los demás
sea siempre paciente, benigno, respetuoso.
hola
Causa nostrae laetítiae, causa de nuestra alegría,
¡ruega por nosotros!
Enséñanos a saber captar, en la fe,
la paradoja de la alegría cristiana,
que nace y florece en el dolor,
en la renuncia,
en la unión con tu Hijo crucificado:
¡haz que nuestra alegría
sea siempre auténtica y plena
para podérsela comunicar a todos!



Amén.

lunes, 20 de octubre de 2008



"Queridos jóvenes,
¿Vosotros queréis contemplar
la belleza del Rostro de Cristo?

No os lancéis a responder.
Antes que nada
haced silencio en vuestro interior.

Dejad que emerja,
desde lo profundo de vuestro corazón
,
el ardiente deseo de ver a Dios,
un deseo a veces sofocado
por los ruidos del mundo

y por las seducciones de los placeres.
Dejad que en vosotros nazca este deseo
y experimentaréis la maravilla
del encuentro con Jesús.

El cristianismo no es simplemente una doctrina;
es un encuentro en la fe con Dios
hecho presente en nuestra historia
con la encarnación de Jesús."


En el Vaticano, 22 de febrero de 2004,

del mensaje para la Jornada Mundial de la juventud.

JUAN PABLO II



jueves, 16 de octubre de 2008

Santa Margarita María Alacoque

16 de Octubre, Fiesta de Sta. Margarita M. de Alacoque


Fue la mujer elegida por Cristo para acercarnos
a los misterios de su Sagrado Corazon,
y mostrarnos su gran Amor por todos nosotros.


"Te constituyo heredera de mi Corazón y de todos mis tesoros".

(Nuestro Señor a Santa Margarita María)


Carta de Juan Pablo II:


"En el Corazón de Cristo el corazón humano aprende a conocer el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el corazón de Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.

Santa Margarita aprendió a amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual: "hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en nosotros por medio de nuestras acciones". (Enero 1689)

Es el amor de Cristo lo que hace al hombre digno de ser amado.

El hombre recibió un corazón ávido de amor y capaz de amar.

"Tened en vosotros los sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús" (Fip 2,5). Todos los relatos evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios, encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los anos que pasa en medio de los hombres, "manso y humilde de corazón", revela las riquezas de su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus palabras, sus silencios.

Y he aquí que somos llamados a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria capacidad de amar."


"Jesús manso y humilde de corazón,
haz nuestro corazón semejante al tuyo".

"Sagrado Corazón de Jesús.

En voz confío".






jueves, 28 de agosto de 2008

Oración de Juan Pablo II ante el Santísimo Sacramento.


Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos. Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios (Jn. 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres. Aumenta nuestra fe. Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo. Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, camino, verdad y vida, queremos penetrar en el aparente silencio y ausencia de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo (Mt. 17,5). Con esta fe, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social. Tú eres nuestra esperanza, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.

Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives siempre intercediendo por nosotros (Heb. 7,25). Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo. Apoyados en esta esperanza, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos amar como tu, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres. Quisiéramos decir como San Pablo: Mi vida es Cristo (Flp. 1,21). Nuestra vida no tiene sentido sin ti. Queremos aprender a estar con quien sabemos nos ama, porque con tan buen amigo presente todo se puede sufrir. En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración el amor es el que habla (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana. Creyendo, esperando y amando, te adoramos con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: Quedaos aquí y velad conmigo (Mt. 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación. El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos gemidos inenarrables (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación. Aprendiendo este más allá de la adoración, estaremos en tu intimidad o misterio. Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el misterio de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de amar y de servir. Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre. Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.

Amén.

domingo, 13 de abril de 2008

Juan Pablo II a los jóvenes.


El camino de la santidad


El tema elegido para vuestro encuentro internacional es la alegría. Se trata de un tema de gran interés y actualidad, porque todos tenemos necesidad de alegría auténtica y duradera.
Los amigos del joven Francisco lo llamaban el rey de las fiestas por su disponibilidad y generosidad, por su modo de ser brillante y simpático. Humanamente podía tener muchos motivos para ser feliz, y, sin embargo, le faltaba algo. Lo abandonó todo cuando halló lo que más necesitaba. Encontró a Cristo, y descubrió la verdadera felicidad. Comprendió que sólo se puede ser feliz consagrando la vida por un ideal, construyendo algo duradero a la luz de los consejos exigentes del Evangelio.

Queridos jóvenes, muchos falsos maestros indican sendas peligrosas que llevan a alegrías y satisfacciones efímeras. Hoy, en muchas manifestaciones de la cultura dominante se registra gran indiferencia y superficialidad. Vosotros, queridos jóvenes, imitando a san Francisco y a santa Clara, no dilapidéis vuestros sueños. ¡Soñad, pero en libertad! ¡Proyectad, pero en la verdad!

También a vosotros el Señor os pregunta: "¿A quién queréis seguir?". Responded, como el apóstol san Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Sólo Dios es el horizonte infinito de vuestra existencia. Cuanto más lo conozcáis, tanto más descubriréis que sólo él es amor y manantial inagotable de alegría.

Pero para entrar y permanecer en contacto con Dios es indispensable entablar con él una relación profunda en la oración. Cuando es auténtica, la oración irradia la energía divina en todos los ámbitos y momentos de la vida. Nos hace vivir de un modo nuevo. La oración hizo de san Francisco un hombre nuevo y de santa Clara una fuente de luz.

Vosotros sois de Dios y Dios es vuestro. La conciencia de pertenecer a Dios os hará, como a san Francisco y a santa Clara, criaturas pacificadas por su presencia: "El amor de Dios da felicidad -escribe santa Clara en una de sus cartas-; su dulzura inunda toda el alma, que es la más digna de todas las criaturas; la gracia de Dios la hace más grande que el cielo. En efecto, los cielos con todas las demás cosas creadas no pueden contener al Creador, mientras que el alma fiel, y sólo ella, es su morada y aposento" (Fuentes franciscanas, 2901; 2892).

El alma es más grande que el cielo. Habiendo comprendido esta íntima realidad espiritual, san Francisco y santa Clara no dudaron en subir hasta la cumbre de la santidad. La santidad no es una especie de itinerario ascético extraordinario, que sólo algunos "genios" pudieran alcanzar; por el contrario, como recordé en la reciente carta apostólica Novo millennio ineunte, es el "alto grado" de la vida cristiana ordinaria (cf. n. 31). Santidad significa hacer algo hermoso por Dios todos los días, pero también reconocer lo que él ha hecho y sigue haciendo en nosotros y por nosotros. Sed santos, amadísimos jóvenes, porque lo que entristece al mundo es la falta de santidad. Los santos en quienes os inspiráis siguen ejerciendo una atracción extraordinaria, porque dedicaron sin cesar su existencia a Cristo. Y, sin quererlo, dieron origen a un estilo evangélico "revolucionario", que aún hoy continúa atrayendo a tantos jóvenes y personas de todas las edades. También vosotros habéis sido conquistados por la fascinación de su testimonio, y vuestra presencia en este encuentro subraya vuestro deseo de imitarlos fielmente.

La creación habla de Dios

San Francisco y santa Clara no sólo se convirtieron en hermano y hermana de todo ser humano, sino también de todas las criaturas animadas e inanimadas. Al contemplar la naturaleza, la mirada de san Francisco se llenaba de alegría al descubrir que todo habla de Dios. En el Cántico del hermano sol exclamaba: "todo nos habla de ti, Altísimo" (Fuentes franciscanas, 263).
Amadísimos jóvenes, aprended también vosotros a mirar a vuestro prójimo y la creación con los ojos de Dios. Respetad principalmente su cima, que es la persona humana. En la escuela de maestros tan valiosos, ejercitaos en el uso sobrio y atento de los bienes. Cuidad que se distribuyan y compartan mejor, respetando plenamente los derechos de todas las personas. Ojalá que al leer el gran libro de la creación vuestro espíritu se abra a la alabanza y a la acción de gracias al Creador.

Confianza en Dios

Como santa Clara y san Francisco, aprended a recurrir constantemente a la ayuda divina. Ellos os repiten a cada uno de vosotros: "Pon tu confianza en el Señor y él cuidará de ti" (Fuentes franciscanas, 367). Sí, queridos muchachos y muchachas, tened confianza en Dios. Imitad a san Francisco y a santa Clara también en su entrega filial a la Virgen, y buscad en ella calor y protección. Acudid a María, Madre dulcísima, a quien desde hace siglos la Iglesia invoca como Causa de nuestra alegría. También será motivo de alegría para vosotros, porque María es madre solícita de todos.

Con este deseo, os aseguro mi recuerdo en la oración y os bendigo de corazón a todos.


Juan Pablo II, “Jóvenes hacia Asís”. 18 de Agosto 2001.

lunes, 31 de marzo de 2008

Juan Pablo II a los jóvenes (fragmento)

"Vosotros sois la luz del mundo. Brille así vuestra luz delante de los hombres"(Mt 5, 14-16)

Queridos jóvenes:

Preguntaos: ¿creo en estas palabras de Jesús que recoge el evangelio? Jesús os llama la luz del mundo. Os pide que vuestra luz brille delante de los demás. Sé que en vuestro corazón queréis decirle: «Aquí estoy, Señor. Aquí estoy. Vengo a hacer tu voluntad» (Salmo responsorial; cf. Hb 10, 7). Pero sólo podréis compartir su luz y ser la luz del mundo si sois uno con Jesús.
¿Estáis preparados para ello?


Desgraciadamente, hoy mucha gente vive alejada de la luz, en un mundo de apariencias, un mundo de sombras fugaces y promesas incumplidas. Si contempláis a Jesús, si vivís la Verdad que es Jesús, tendréis en vosotros la luz que revela las verdades y los valores sobre los que podréis construir vuestra felicidad, construyendo al mismo tiempo un mundo de justicia, paz y solidaridad. Recordad lo que dijo Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).


Dado que Jesús es la luz, también nosotros nos convertimos en luz cuando lo anunciamos. Éste es el centro de la misión cristiana, a la que cada uno de vosotros ha sido llamado por el bautismo y la confirmación. Estáis llamados a hacer que brille la luz de Cristo en el mundo.

Cuando erais niños, ¿no teníais a veces miedo de la oscuridad? Hoy ya no sois niños que tienen miedo de la oscuridad. Sois adolescentes y jóvenes adultos. Pero sois conscientes de que hay otro tipo de oscuridad en el mundo: la oscuridad de la duda y la incertidumbre. Podéis sentir la oscuridad de la soledad y el aislamiento. Vuestras angustias pueden derivar de cuestiones relacionadas con vuestro futuro o con remordimientos por vuestras opciones pasadas.

A veces el mundo mismo nos parece envuelto en la oscuridad: la oscuridad de los niños que tienen hambre y que incluso mueren; la oscuridad de las personas sin hogar, que carecen de trabajo y adecuada asistencia sanitaria; la oscuridad de la violencia: violencia contra los hijos por nacer, violencia en las familias, violencia de los grupos criminales, violencia de los abusos sexuales, y violencia de las drogas que destruyen el cuerpo, la mente y el corazón. Hay algo terriblemente equivocado cuando tantos jóvenes se ven arrastrados hacia la desesperación hasta el punto de quitarse la vida. En algunos Estados de esta nación ya se han aprobado leyes que permiten a los médicos poner fin a la vida de personas a las que, por el contrario, juraron ayudar. Se está rechazando el don de la vida, que Dios ha hecho. Se prefiere la muerte a la vida, y esto trae consigo la oscuridad de la desesperación.

Sin embargo, vosotros creéis en la luz (cf. Jn 12, 36). No escuchéis a los que os invitan a mentir, a incumplir vuestras responsabilidades, a pensar ante todo en vosotros mismos. No escuchéis a los que os dicen que la castidad es cosa del pasado. En vuestro corazón sabéis que el verdadero amor es un don de Dios y respeta su plan para la unión del hombre y la mujer en el matrimonio. No os dejéis arrastrar por falsos valores y eslóganes engañosos, especialmente sobre vuestra libertad. La verdadera libertad es un don maravilloso de Dios, y ha sido una parte valiosa de la historia de vuestro país. Pero cuando la libertad se separa de la verdad, las personas pierden su orientación moral y el entramado mismo de la sociedad empieza a rasgarse.

La libertad no es la capacidad de hacer todo lo que queremos y cuando queremos. Por el contrario, la libertad es la capacidad de vivir responsablemente la verdad de nuestra relación con Dios y con los demás. Acordaos de lo que dijo Jesús: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). No permitáis que nadie os engañe o impida ver lo que realmente importa. Dirigíos a Jesús, escuchadlo y descubrid el significado y la orientación verdaderos de vuestra vida.

Sois hijos de la luz (cf. Jn 12, 36). Pertenecéis a Cristo, que os ha llamado por vuestro nombre. Vuestra primera responsabilidad es llegar a conocerlo lo más posible en vuestras parroquias, mediante la educación religiosa en vuestros institutos y colegios, en vuestros grupos juveniles y en los centros Newman.

Sin embargo, sólo llegaréis a conocerlo de manera personal y verdadera con la oración. Tenéis que hablar con él y escucharlo.

Hoy estamos viviendo en una época de comunicaciones inmediatas. Pero, ¿os dais cuenta de que la oración es una forma única de comunicación? La oración nos permite encontrar a Dios en lo más profundo de nuestro ser. Nos conecta directamente con el Dios vivo: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en un constante intercambio de amor.

A través de la oración aprenderéis a convertiros en la luz del mundo, porque con la oración llegaréis a ser uno con la fuente de nuestra verdadera luz, Jesús mismo.

Cada uno de vosotros tiene una misión particular en la vida, y está llamado a ser discípulo de Cristo. Muchos de vosotros servirán a Dios en la vocación a la vida matrimonial cristiana; otros lo servirán como personas consagradas; otros como sacerdotes y religiosos. Pero todos debéis ser la luz del mundo. A los que pensáis que Cristo os está invitando a seguirlo en el sacerdocio o la vida consagrada, os dirijo una exhortación personal: os pido que le abráis generosamente vuestro corazón y no retraséis vuestra respuesta. El Señor os ayudará a conocer su voluntad; os ayudará a seguir con valentía vuestra vocación.

Jóvenes amigos, en los días, las semanas y los años futuros, cuando os acordéis de esta tarde, recordad que el Papa vino a los Estados Unidos, a la ciudad de San Luis, a llamar a los jóvenes de América para Cristo, a invitarlos a seguirlo. Vino a exhortaros a ser la luz del mundo. «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la acogieron» (Jn 1, 5). Jesús, que venció el pecado y la muerte, os recuerda: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28, 20). Os dice: «¡Ánimo! Soy yo, no temáis» (Mc 6, 50).

En el horizonte de esta ciudad se encuentra el Arco de acceso, que a menudo capta la luz del sol, con sus diferentes colores y matices. Así, también vosotros, de mil maneras diversas, debéis reflejar la luz de Cristo con vuestra vida de oración y con vuestro servicio gozoso a los demás. Con la ayuda de María, la Madre de Jesús, los jóvenes de América lo harán magníficamente.

Recordad: Cristo os llama; la Iglesia os necesita; el Papa cree en vosotros y espera grandes cosas de vosotros.¡Alabado sea Jesucristo!

Juan Pablo II . Martes 26 de enero de 1999, Estados unidos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Juan Pablo II a los universitarios

"Los jóvenes y la universidad: dar testimonio de Cristo en el ambiente universitario"



En nuestra época es importante volver a descubrir el vínculo que une la Iglesia y la Universidad. La Iglesia, de hecho, no sólo ha tenido un papel decisivo en la institución de las primeras universidades, sino que ha sido a lo largo de los siglos taller de cultura, y aun hoy se ocupa activamente en este sentido mediante las Universidades católicas y las diversas formas de presencia en le vasto mundo universitario. La Iglesia aprecia la Universidad como uno de esos "bancos de trabajo, en los que la vocación del hombre al conocimiento, de la misma manera que el lazo constitutivo de la humanidad con la verdad, como objetivo del conocimiento, se convierte en una realidad cotidiana" para tantos profesores, jóvenes investigadores y multitud de estudiantes (Discurso a la UNESCO, nº 19, Ecclesia Nº 1986, 14.06.1980, pg. 21).


Queridos estudiantes, en la Universidad no sólo sois los destinatarios de los servicios, sino que sois los verdaderos protagonistas de las actividades que ahí se desarrollan. No es casualidad que el período de los estudios universitarios constituya una fase fundamental de vuestra existencia, durante la cual os preparáis para asumir la responsabilidad de elecciones decisivas que orientarán todo vuestro futuro. Por este motivo es necesario que afrontéis la etapa universitaria con una actitud de búsqueda de las justas respuestas a las preguntas esenciales sobre el significado de la vida, la felicidad y la plena realización del hombre, sobre la belleza como esplendor de la verdad.


Afortunadamente, hoy se ha debilitado mucho la influencia de las ideologías y utopías fomentadas por aquel ateísmo mesiánico que tanto ha incidido en el pasado en muchos ambientes universitarios. Pero no faltan nuevas corrientes ideológicas que reducen la razón sólo al horizonte de la ciencia experimental y, por ende, al conocimiento técnico e instrumental, para encerrarla a veces en una visión escéptica y nihilista. Además de inútiles, estos intentos de huir de la pregunta del sentido profundo de la existencia pueden transformarse incluso en peligrosos.


Mediante el don de la fe hemos encontrado a Aquel que se nos presenta con aquellas palabras sorprendentes: "Yo soy la verdad" (Jn 14,6). ¡Jesús es la verdad del cosmos y de la historia, el sentido y el destino de la existencia humana, el fundamento de toda realidad! A vosotros, que habéis acogido esta Verdad como vocación y certeza de vuestra vida, os toca dar razón de vuestra fe también en el ambiente y en el trabajo universitario. Ahora se impone la pregunta: ¿cuánto incide la verdad de Cristo en vuestro estudio, en la búsqueda, en el conocimiento de la realidad, en la formación integral de la persona? Puede suceder, también entre aquellos que profesan ser cristianos, que algunos de hecho se comporten en la Universidad como si Dios no existiese. El cristianismo no es una simple preferencia religiosa subjetiva, finalmente irracional, relegada al ámbito de lo privado. Como cristianos tenemos el deber de testimoniar aquello que afirma el Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes: "La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas". (Nº 11). Debemos demostrar que la fe y la razón no son inconciliables, sino que "la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" (cfr. Fides et ratio, Intr.).


¡Jóvenes amigos! Vosotros sois los discípulos y los testigos de Cristo en la Universidad. Sea para todos vosotros el tiempo universitario un tiempo de gran maduración espiritual e intelectual, que os haga profundizar vuestra relación personal con Cristo. Pero si vuestra fe está unida simplemente a fragmentos de tradición, a buenos sentimientos o a una ideología genérica religiosa, entonces no estaréis en condiciones de resistir al impacto ambiental. Por lo tanto, intentad permanecer fieles a vuestra identidad cristiana y enraizados en la comunión eclesial. Para ello alimentaos de una constante oración. Elegid, cuando sea posible, buenos maestros universitarios.


No os quedéis aislados en ambientes que a menudo son difíciles, sino participad activamente en la vida de las asociaciones, movimientos y comunidades eclesiales que actúan en el ámbito universitario. Acercaos a las parroquias universitarias y dejaos ayudar por las capellanías. Hay que ser constructores de la Iglesia en la Universidad, o sea, de una comunidad visible que cree, que reza, que da testimonio de la esperanza y que acoge en la caridad toda huella del bien, de la verdad y de la belleza de la vida universitaria. Estoy seguro que los Pastores no dejarán de preocuparse por dedicar un especial cuidado a los ambientes universitarios y destinarán a esta misión santos y competentes sacerdotes.


No basta "hablar" de Jesús a los jóvenes universitarios: también hay que hacerles "ver" a Cristo a través del testimonio elocuente de la vida (cfr. Novo millennio ineunte, 16). Os deseo que puedan fortalecer vuestro amor por la Iglesia universal y vuestro compromiso al servicio del mundo universitario. Cuento con cada uno y cada una de vosotros para transmitir a vuestras Iglesias locales y a vuestros grupos eclesiales la riqueza de los dones que en estas intensas jornadas recibís.


Al invocar en vuestro camino la protección de la Virgen María, Sede de la Sabiduría, imparto de corazón una especial Bendición Apostólica a vosotros y a todos los que junto a vosotros, quienes componen la gran "comunidad universitaria".


Desde el Vaticano, 25 de marzo 2004

JUAN PABLO II

martes, 18 de marzo de 2008

"Con Cristo la santidad es posible.”

Jesús salió al encuentro de la muerte, no se retiró ante ninguna de las consecuencias de su “ser con nosotros” como Emmanuel. Se puso en nuestro lugar, rescatándonos sobre la cruz del mal y del pecado. Del mismo modo que el centurión romano viendo como Jesús moría comprendió que era el Hijo de Dios, también nosotros, viendo y contemplando el Crucifijo, podemos comprender quién es realmente Dios, que revela en Él la medida de su amor hacia el hombre. “Pasión” quiere decir amor apasionado, que en el darse no hace cálculos: la pasión de Cristo es el culmen de toda su existencia “dada” a los hermanos para revelar el corazón del Padre. La Cruz, que parece alzarse desde la tierra, en realidad cuelga del cielo, como abrazo divino que estrecha al universo. La Cruz «se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana» (Evangelium vitæ, 50).

¡Contemplad y reflexionad! Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos. Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser santos, como Él es santo!

Me preguntaréis: ¿pero hoy es posible ser santos? Si sólo se contase con las fuerzas humanas, tal empresa sería sin duda imposible. De hecho conocéis bien vuestros éxitos y vuestros fracasos; sabéis qué cargas pesan sobre el hombre, cuántos peligros lo amenazan y qué consecuencias tienen sus pecados. Tal vez se puede tener la tentación del abandono y llegar a pensar que no es posible cambiar nada ni en el mundo ni en sí mismos.

Aunque el camino es duro, todo lo podemos en Aquel que es nuestro Redentor. No os dirijáis a otro si no a Jesús. No busquéis en otro sitio lo que sólo Él puede daros, porque «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hc 4,12). Con Cristo la santidad es posible. Contad con él, creed en la fuerza invencible del Evangelio y poned la fe como fundamento de vuestra esperanza. Jesús camina con vosotros, os renueva el corazón y os infunde valor con la fuerza de su Espíritu.

Jóvenes de todos los continentes, ¡no tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio! Sed contemplativos y amantes de la oración, coherentes con vuestra fe y generosos en el servicio a los hermanos, miembros activos de la Iglesia y constructores de paz. Para realizar este comprometido proyecto de vida, permaneced a la escucha de la Palabra, sacad fuerza de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y de la Penitencia. El Señor os quiere apóstoles intrépidos de su Evangelio y constructores de la nueva humanidad. Pero ¿cómo podréis afirmar que creéis en Dios hecho hombre si no os pronunciáis contra todo lo que degrada la persona humana y la familia? Si creéis que Cristo ha revelado el amor del Padre hacia toda criatura, no podéis eludir el esfuerzo para contribuir a la construcción de un nuevo mundo, fundado sobre la fuerza del amor y del perdón, sobre la lucha contra la injusticia y toda miseria física, moral, espiritual, sobre la orientación de la política, de la economía, de la cultura y de la tecnología al servicio del hombre y de su desarrollo integral.

“Contemplando el Crucifijo, podemos comprender quién es realmente Dios,

que revela en Él la medida de su amor hacia el hombre.

“Pasión” quiere decir amor apasionado.

Jesús camina con vosotros, os renueva el corazón,

y os infunde valor con la fuerza de su Espíritu.

Aunque el camino es duro, todo lo podemos en Aquel que es nuestro Redentor.

No os dirijáis a otro si no a Jesús.

No busquéis en otro sitio lo que sólo Él puede daros

Dios quiere que todos seamos santos.

Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser santos, como Él es santo!

¡No tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio!

Con Cristo la santidad es posible.”

Juan Pablo II


lunes, 10 de marzo de 2008

XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

«Maestro, ¿dónde vives? Venid y veréis» (cfr. Jn 1,38-39)

Muy queridos jóvenes:

1. Me dirijo a vosotros con alegría, continuando el largo diálogo que, con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud, estamos realizando. En comunión con todo el pueblo de Dios que camina hacia el Gran Jubileo del año 2000, quiero invitaros este año a fijar la mirada en Jesús, Maestro y Señor de nuestra vida, mediante las palabras que encontramos en el Evangelio de Juan: «Maestro, ¿dónde vives? Venid y veréis» (cfr. 1,38-39).

En los próximos meses, en todas las Iglesias locales os encontraréis con vuestros pastores para reflexionar sobre estas palabras evangélicas. Después, en agosto de 1997, viviremos juntos la celebración de la XII Jornada Mundial de la Juventud a nivel internacional en París, en el corazón del continente europeo. En aquella metrópolis, desde siglos encrucijada de pueblos, de arte y de cultura, los jóvenes de Francia se están preparando con gran entusiasmo para acoger a sus coetáneos provenientes de todos los rincones del planeta. Siguiendo la Cruz del Año Santo, el pueblo de las jóvenes generaciones que creen en Cristo será una vez más icono vivo de la Iglesia peregrina por los caminos del mundo. En los encuentros de oración y reflexión, en el diálogo que une superando las diferencias de lengua y de raza, en el intercambio de ideales, problemas y esperanzas, experimentará vitalmente la promesa de Jesús: «Donde están dos o tres ?reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

2. Jóvenes de todo el mundo, ¡en el camino de la vida cotidiana podéis encontrar al Señor! ¿Os acordáis de los discípulos que, acudiendo a la orilla del Jordán para escuchar las palabras del último de los grandes profetas, Juan el Bautista, vieron como indicaba que Jesús de Nazaret era el Mesías, el Cordero de Dios? Ellos, llenos de curiosidad, decidieron seguirle a distancia, casi tímidos y sin saber que hacer, hasta que él mismo, volviéndose, preguntó: «¿Qué buscáis?», suscitando aquel diálogo que dio inicio a la aventura de Juan, de Andrés, de Simón «Pedro» y de los otros apóstoles (cfr. Jn 1,29-51).

Precisamente en aquel encuentro sorprendente, descrito con pocas y esenciales palabras, encontramos el origen de cada recorrido de fe. Es Jesús quien toma la iniciativa. Cuando Él está en medio, la pregunta siempre se da la vuelta: de interrogantes se pasa a ser interrogados, de «buscadores» nos descubrimos «encontrados»; es Él, de hecho, quien desde siempre nos ha amado primero (cfr. 1Jn 4,10). Ésta es la dimensión fundamental del encuentro: no hay que tratar con algo, sino con Alguien, con «el que Vive». Los cristianos no son discípulos de un sistema filosófico: son los hombres y las mujeres que han hecho, en la fe, la experiencia del encuentro con Cristo (cfr. 1Jn 1,1-4).

Vivimos en una época de grandes transformaciones, en la que declinan rápidamente ideologías que parecía que podían resistir el desgaste del tiempo, y en el planeta se van modificando los confines y las fronteras. Con frecuencia la humanidad se encuentra en la incertidumbre, confundida y preocupada (cfr. Mt 9,36), pero la Palabra de Dios no pasa; recorre la historia y, con el cambio de los acontecimientos, permanece estable y luminosa (cfr. Mt 24,35). La fe de la Iglesia está fundada en Jesucristo, único salvador del mundo: ayer, hoy y siempre (cfr. Hb 13,8). La Palabra remite a Cristo, porque a Él se dirigen las preguntas que brotan del corazón humano frente al misterio de la vida y de la muerte. Él es el único que puede ofrecer respuestas que no engañan o decepcionan.

Trayendo a la memoria vuestras palabras en los inolvidables encuentros que he tenido la alegría de vivir con vosotros en mis viajes apostólicos por todo el mundo, me parece descubrir en ellas, de forma insistente y viva, la misma pregunta de los discípulos: «Maestro, ¿dónde vives?». Aprended a escuchar de nuevo, en el silencio de la oración, la respuesta de Jesús: «Venid y veréis».

3. Muy queridos jóvenes, como los primeros discípulos, ¡seguid a Jesús! No tengáis miedo de acercaros a Él, de cruzar el umbral de su casa, de hablar con Él cara a cara, como se está con un amigo (cfr. Ex 33,11). No tengáis miedo de la «vida nueva» que Él os ofrece: Él mismo, con la ayuda de su gracia y el don de su Espíritu, os da la posibilidad de acogerla y ponerla en práctica.

Es verdad: Jesús es un amigo exigente que indica metas altas, pide salir de uno mismo para ir a su encuentro, entregándole toda la vida: «quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Esta propuesta puede parecer difícil y en algunos casos incluso puede dar miedo. Pero – os pregunto – ¿es mejor resignarse a una vida sin ideales, a un mundo construido a la propia imagen y semejanza, o más bien buscar con generosidad la verdad, el bien, la justicia, trabajar por un mundo que refleje la belleza de Dios, incluso a costa de tener que afrontar las pruebas que esto conlleva?

¡Abatid las barreras de la superficialidad y del miedo! Reconociéndoos hombres y mujeres «nuevos», regenerados por la gracia bautismal, conversad con Jesús en la oración y en la escucha de la Palabra; gustad la alegría de la reconciliación en el sacramento de la Penitencia; recibid el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía; acogedlo y servidle en los hermanos. Descubriréis la verdad sobre vosotros mismos, la unidad interior y encontraréis al «Tú» que cura de las angustias, de las preocupaciones, de aquel subjetivismo salvaje que no deja paz.

4. «Venid y veréis». Encontraréis a Jesús allí donde los hombres sufren y esperan: en los pequeños pueblos diseminados en los continentes, aparentemente al margen de la historia, como era Nazaret cuando Dios envió su Ángel a María; en las grandes metrópolis donde millones de seres humanos frecuentemente viven como extraños. Cada ser humano, en realidad, es «conciudadano» de Cristo.

Jesús vive junto a nosotros, en los hermanos con los que compartís la existencia cotidiana. Su rostro es el de los más pobres, de los marginados, víctimas casi siempre de un modelo injusto de desarrollo, que pone el beneficio en el primer puesto y hace del hombre un medio en lugar de un fin. La casa de Jesús está donde un ser humano sufre por sus derechos negados, sus esperanzas traicionadas, sus angustias ignoradas. Allí, entre los hombres, está la casa de Cristo, que os pide que sequéis, en su nombre, toda lágrima y que les recordéis a los que se sienten solos que nadie está solo si pone en Él su esperanza (cfr. Mt 25,31-46).

5. Jesús vive entre los que le invocan sin haberlo conocido; entre los que, habiendo empezado a conocerlo, sin su culpa, lo han perdido; entre los que lo buscan con corazón sincero, aún perteneciendo a situaciones culturales y religiosas diferentes (cfr. Lumen gentium, 16). Discípulos y amigos de Jesús, haceos artífices de diálogo y de colaboración con todos los que creen en un Dios que gobierna con infinito amor el universo; convertíos en embajadores de aquel Mesías que habéis encontrado y conocido en su «casa», la Iglesia, de forma que otros muchos de vuestros coetáneos puedan seguir sus huellas, iluminados por vuestra fraterna caridad y por la alegría de vuestra mirada que ha contemplado a Cristo.

Jesús vive entre los hombres y las mujeres «que se honran con el nombre de cristianos» (cfr. Lumen gentium, 15). Todos los pueden encontrar en las Escrituras, en la oración y en el servicio al prójimo. En la vigilia del tercer milenio, cada día es más urgente reparar el escándalo de la división entre los cristianos, reforzando la unidad por medio del diálogo, de la oración común y del testimonio. No se trata de ignorar las divergencias y los problemas utilizando un cierto relativismo, porque sería como cubrir la herida sin curarla, con el riesgo de interrumpir el camino antes de haber llegado a la meta de la plena comunión. Al contrario, se trata de actuar – guiados por el Espíritu Santo – con vistas a una real reconciliación, confiando en la eficacia de la oración pronunciada por Jesús la vigilia de su pasión: «Padre, que sean uno como nosotros somos uno» (cfr. Jn 17,22). Cuánto más os unáis a Jesús, mayor será vuestra capacidad de unión; y en la medida en que realicéis gestos concretos de reconciliación, entraréis en la intimidad de su amor.

Jesús vive concretamente en vuestras parroquias, en las comunidades en las que vivís, en las asociaciones y en los movimientos eclesiales a los que pertenecéis, así como en otras formas contemporáneas de agregación y de apostolado al servicio de la nueva evangelización. La riqueza de tanta variedad de carismas es un beneficio para toda la Iglesia e impulsa a cada creyente a poner las propias fuerzas al servicio del único Señor, fuente de salvación para toda la humanidad.


6. Jesús es «la Palabra del Padre» (cfr. Jn 1,1), donada a los hombres para desvelar el rostro de Dios y dar sentido y orientación a sus pasos inciertos. Dios, que «muchas veces y de muchos modos habló en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Hb 1,1-2). Su Palabra no es imposición que desquicia las puertas de la conciencia; es voz persuasiva, don gratuito que, para llegar a ser salvífico en la vida concreta de cada uno, pide una actitud disponible y responsable, un corazón puro y una mente libre.

En vuestros grupos, queridos jóvenes, multiplicad las ocasiones de escucha y de estudio de la Palabra del Señor, sobre todo mediante la lectio divina: descubriréis en ella los secretos del Corazón de Dios y sacaréis fruto para el discernimiento de las situaciones y la transformación de la realidad. Guiados por la Sagrada Escritura, podréis reconocer en vuestras jornadas la presencia del Señor, y entonces el «desierto» podrá convertirse en «jardín», donde la criatura podrá hablar familiarmente con su Creador: «Cuando leo la Sagrada Escritura, Dios vuelve a pasear en el Paraíso terrenal» (S. Ambrosio, Epístola, 49,3).

7. Jesús vive entre nosotros en la Eucaristía, en la cual se realiza de modo total su presencia real y su contemporaneidad con la historia de la humanidad. Entre las incertidumbres y distracciones de la vida cotidiana, imitad a los discípulos en camino hacia Emaús y, como ellos, decidle al Resucitado que se revela en el gesto de partir el pan: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado» (Lc 24,29). Invocad a Jesús, para que en los caminos de los tantos Emaús de nuestro tiempo, siempre permanezca con vosotros. Que Él sea vuestra fuerza, vuestro punto de referencia, vuestra perenne esperanza. Que nunca os falte, queridos jóvenes, el Pan Eucarístico en las mesas de vuestra existencia. ¡De este pan podréis sacar fuerza para dar testimonio de vuestra fe!

Alrededor de la mesa eucarística se realiza y se manifiesta la armoniosa unidad de la Iglesia, misterio de comunión misionera, en la que todos se sienten hijos y hermanos, sin exclusiones o diferencias de raza, lengua, edad, clase social o cultura. Queridos jóvenes, contribuid generosa y responsablemente a edificar continuamente la Iglesia como familia, lugar de diálogo y de recíproca acogida, espacio de paz, de misericordia y de perdón.

8. Queridos jóvenes, iluminados por la Palabra y fortificados con el pan de la Eucaristía, estáis llamados a ser testigos creíbles del Evangelio de Cristo, que hace nuevas todas las cosas.

Pero ¿por qué se reconocerá que sois verdaderos discípulos de Cristo? Porque «os amaréis los unos a los otros» (Jn 13,35) siguiendo el ejemplo de su amor: un amor gratuito, infinitamente paciente, que no se niega a nadie (cfr. 1Cor 13,4-7). Será la fidelidad al mandamiento nuevo que certificará vuestra coherencia respecto al anuncio que proclamáis. Ésta es la gran «novedad» que puede asombrar al mundo desgraciadamente todavía herido y dividido por los violentos conflictos, a veces evidentes y claros, otras, sutiles y escondidos. En este mundo vosotros estáis llamados a vivir la fraternidad, no como una utopía, sino como posibilidad real; en esta sociedad estáis llamados a construir, como verdaderos misioneros de Cristo, la civilización del amor.

9. El 30 de septiembre de 1997 celebraremos el centenario de la muerte de Santa Teresa de Lisieux. Sin duda que en su patria su figura llamará la atención de los jóvenes peregrinos, porque Santa Teresa es una santa joven que hoy propone de nuevo este simple y sugerente anuncio, lleno de estupor y de gratitud: Dios es Amor; cada persona es amada por Dios, que espera que cada uno lo acoja y lo ame. Un mensaje que vosotros, jóvenes de hoy, estáis llamados a acoger y gritar a vuestros coetáneos: «¡El hombre es amado por Dios! Éste es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre» (Christifideles laici, 34).

De la juventud de Teresa del Niño Jesús brota su entusiasmo por el Señor, la gran sensibilidad con la que ha vivido el amor, la audacia no ilusoria de sus grandes proyectos. Con la atracción de su santidad, confirma que Dios también concede a los jóvenes, con abundancia, los tesoros de su sabiduría.

Recorred con ella el camino humilde y sencillo de la madurez cristiana, en la escuela del Evangelio. Permaneced con ella en el «corazón» de la Iglesia, viviendo radicalmente la opción por Cristo.

10. Queridos jóvenes, en la casa donde vive Jesús encontrad la presencia dulce de la Madre. En el seno de María el Verbo se hizo carne. Aceptando la misión que le fue asignada en el plan de salvación, la Virgen se ha convertido en modelo de todos los discípulos de Cristo.

A Ella encomiendo las esperanzas y deseos de los jóvenes que, en cada rincón del mundo, repiten con Ella: «He aquí la sierva del Señor, hagáse en mí según tu palabra» (cfr. Lc 1,38) y van al encuentro de Jesús para habitar en su casa, preparados para anunciar después a sus coetáneos, como los Apóstoles: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41).

Con estos sentimientos os saludo cordialmente a cada uno, al mismo tiempo que, acompañándoos con la oración, os bendigo.

JUAN PABLO II

Castel Gandolfo,15 de agosto de 1996,

Fiesta de la Asunción de la Virgen María al cielo.