lunes, 10 de diciembre de 2007

Como el ciervo desea las fuentes…del Beato Rafael

F.V.D.

9 de diciembre 1936 – miércoles – a sus 25 años
Mi cuaderno – San Isidro

Ansias de vida eterna… Ansias de volar a la verdadera vida. Ansias del alma que, sujeta al cuerpo, gime por ver a Dios.

Grande es el sufrimiento de vivir, cuando en la vida queda la ilusión de morir… La ilusión de la muerte… la esperanza de acabar, para empezar… Duro es vivir, pero todo se suaviza con la esperanza de que todo acaba.

Ansias de vida eterna revolotean por el coro de la Iglesia, cuando aun las tinieblas de la noche envuelven al monasterio.

En el reloj suenan las cuatro y media… El frío penetra muy hondo, muy hondo; el cuerpo ligeramente alguna vez se estremece; no importa…, llegara el mediodía, y con él, el sol, y habrá calor y luz, y la alegría de su resplandor, se comunicará a ese cuerpo de hombre, que ahora tirita en el coro de la Iglesia.

El alma también tiene frío… Allá en uno de sus rincones llamea una lucecita…, una centellica muy débil de amor a Dios. El alma la ve y se esfuerza e animar esa llama que tan débil brilla en la oscuridad de todo. Ansias de amar a Dios, padece el alma…, ansias de estar con Cristo…

Es inútil volar con cadenas, y cadena fría es la vida para el alma.

Ansias de morir, deseos de libertad y de amor de Dios. En la tierra hace frío… Es el frío de la vida mortal… Es el frío del peregrino sin casa ni hogar, en una “tierra desierta en intransitable” [1]
Suspira el alma por verse pronto libre de la carne que la aprisiona y atormenta…, todo es lucha, en el silencio de la Iglesia… El espíritu que quiere volar y la carne que se arrastra. El alma que llora de no ver aún a Dios, y unos ojos que se cierran por el sueño y la vigilia.

Señor, Señor… murmuran los labios…, como el “ciervo desea las fuentes” [2], como el cervatillo sediento olfatea el aire buscando con qué mitigar su sed, así mi alma suspira de sed de vida… Vida eterna, vida que es espacio y luz, vida en la cual esa centellica que tengo dentro se dilatará, se inflamará y a la vista de tu rostro, dará más luz que el sol…
Señor, Señor, como el ciervo desea las fuentes, así está mi alma[3].

Fuera del monasterio lucha el sol con lo último que queda de la noche… Todo llega y todo pasa. Pasarán los fríos y las nieves, pasarán los días y los años. Pasará esta noche y llegará el día… Todo consiste en saber esperar, y al final, allá, cuando se acabe la vida, nuestra alma apagará su sed en la única fuente que es Dios.

Grande es la misericordia divina, cuando pone a un alma en este estado, en el cual, todo contribuye a elevar el corazón por encima de todo lo criado y todo lo terreno. Cuando el alma pena de no ver a Dios, ¿qué le puede interesar el mundo? Cuando el espíritu se abisma en la consideración de la eternidad, ¿con qué interés puede mirar el pequeño y limitado tiempo de su vida? Cuando el corazón suspira por la patria del cielo y su unión con el eterno, ¿con qué indiferencia no mirará este valle de lágrimas que es destierro por poco tiempo?

En esos momentos todo se achica y desaparece… se olvida el mundo tan ruin y pequeño… Se olvida a los hombres tan ocupados en sus afanes, sus luchas y sus miserias… El alma sufre por estar aún en la tierra y como es natural no concibe apego a nada que no sea el cielo, o sea Dios. Se extraña de que haya alguna vez buscado postura en este lugar tan de paso y tan sin importancia. Se maravilla de que haya hombres que amen a Dios y, sin embargo, discutan y se preocupen del lugar que ocupan o han de ocupar en este mundo.

¡Qué pequeño es todo para el que siente vértigos de amor a Dios! ¡Qué pequeño le parece el mundo entero con todos los siglos, al que espera impaciente toda una eternidad! ¡Qué mezquinas resultan las ilusiones de los hombres, que se afanan por conseguir algo terreno!

Qué importa la salud… Qué más da el sitio éste o aquel…, ser querido o despreciado, ser pobre o ser rico… Todo es nada, para el alma que de veras vive más de la ilusión del cielo que de las realidades terrenas.

Qué bien se entienden aquellos versos de santa Teresa de Jesús que dicen:
“Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”

Qué grandes debían ser las ansias de Teresa de Jesús que la hacían morir.

Pobre de mí, infeliz trapense…, que también padezco una chispita, de la gran hoguera del corazón de Teresa… También en mi pequeñez tengo esas ansias de vida eterna… ese “no vivir en mí” y ese “morir porque no muero”.


Qué grande es la misericordia de Dios que pone al alma en trance tal… Se llega a no sentir el frío, ni el sueño; se abisma el espíritu en la inmensidad de Dios, en su Amor infinito. Se extasía el alma de solamente pensar en ese mundo sobrenatural que nos espera al final de la vida, en el cual no hay dolor, ni lágrimas; en el cual nuestra única ocupación será gozar de Dios sin ya jamás poder ofenderle.

¡¡Ansias de Cristo!! ¿Cómo no tenerlas? ¿Cómo es posible amar esta vida que es la que nos separa de Dios? Creérase que más propio de ángeles que de hombres gemir por la vida eterna es una equivocación. Cuanto más hombre se es, y mas humanamente sentimos, más y con mayor ansia, se llora la vida y se desea morir.

El ciervo con sed… es el animal acosado por los cazadores… Su sed le viene de su continuo correr por los montes, los riscos y las breñas. Busca con locura la fuente escondida donde sabe, hallará descanso su fatiga, y el agua que templará sus ardores.

El ciervo sediento es ciervo que huye. También el alma que busca las fuentes de Dios, es alma que sufre… El hombre que ansía la vida inmortal, es hombre acosado también como el ciervo, de peligros mortales: cazadores le acechan, miserias le afligen, pasiones le turban.

El alma con ansias de cielo, es alma que ve sus flaquezas; el hombre que busca la fuente de Cristo, es que está sediento, y la sed, es de hombres y no de ángeles.

Bien sabe el Señor que cuando más débil me siento, cuando más lucho con la materia que tira hacia abajo, cuando el corazón se ve sujeto a tantas cosas, y mi alma sufre con un dolor más humano que divino, entonces es cuando arrodillado delante del Sagrario, y en el silencio de la noche, gimo, y lloro como el ciervo sediento…

Entonces es cuando veo que sólo en Cristo se halla descanso… Entonces notamos que el amor que le tenemos es débil y flojo…, es la centellica que apenas llamea… Vemos nuestra nada y nuestra pequeñez, vemos egoísmos y vemos que el mundo con sus cazadores, sus trampas y sus mañas, es el que acosándonos nos empuja a buscar con afán lo que no es mentira ni engaño, lo que es amor verdadero y felicidad perfecta, lo que únicamente puede apagar nuestra sed… Cristo.

Entonces, cuando el alma divisa de lejos el lugar de su descanso, cuando en plena oscuridad de todo, comprende que allá en el cielo, la llama pequeñica de su amor a Dios, se convertirá en luminaria potente… Entonces, cuando el alma ve lo pequeño que es todo, y lo grande que es Dios… Cuando se da cuenta de que lo que tiene es sed…, sed de amores divinos, pena de aún vivir… ansias de vida eterna, entonces, pero no antes, es cuando cesa el sufrir y el penar es sabroso, y todo desaparece: el mundo y el hombre, las tinieblas y el sol…, todo lo criado, todo lo existente se reduce a un alma que mira a su Dios, y unas veces ríe, otras veces llora, pero siempre rumiando la misma canción… Señor, Señor, como el ciervo sediento busca las fuentes…

Suena pausado y grave el reloj de la Iglesia. El frío del amanecer penetra muy hondo, muy hondo, pero no importa. Es el frío pasajero de un momento…, de una vida, y una vida es un instante en la eternidad, un instante que apenas merece nuestra atención.

Beato Rafael


[1] Cfr. Salmo 62,2 y 143,6.
[2] Ídem 41,2
[3] Ídem

domingo, 9 de diciembre de 2007

Adoración Eucarística 13 de Diciembre

F.V.D.

“Mi carne es la verdadera comida y mi sangre es la verdadera bebida”


Jueves 13 de Diciembre

20 hs

Colegio San Pablo
(esq. de Melo y Larrea)

sábado, 8 de diciembre de 2007

La Inmaculada Concepción

"Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28).

¡Con qué especialísima bendición Dios se ha dirigido a María desde el inicio de los tiempos! ¡Verdaderamente bendita, María, entre todas las mujeres! (cf. Lc, 1, 42).

El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada ante él por el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5).

En previsión de la muerte salvífica de él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de todo otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. Así, la Inmaculada es signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a Satanás en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12, 11).

El "sí" de la Virgen al anuncio del ángel se sitúa en lo concreto de nuestra condición terrena, como humilde obsequio a la voluntad divina de salvar a la humanidad, no de la historia, sino en la historia. En efecto, preservada inmune de toda mancha de pecado original, la "nueva Eva" se benefició de modo singular de la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor. Ella, la primera redimida por su Hijo, partícipe en plenitud de su santidad, ya es lo que toda la Iglesia desea y espera ser.

A ti, Virgen inmaculada, predestinada por Dios sobre toda otra criatura como abogada de gracia y modelo de santidad para su pueblo, te renuevo hoy, de modo especial, la consagración de toda la Iglesia.

Guía tú a sus hijos en la peregrinación de la fe, haciéndolos cada vez más obedientes y fieles a la palabra de Dios.

Acompaña tú a todos los cristianos por el camino de la conversión y de la santidad, en la lucha contra el pecado y en la búsqueda de la verdadera belleza, que es siempre huella y reflejo de la Belleza divina.

Obtén tú, una vez más, paz y salvación para todas las gentes. El Padre eterno, que te escogió para ser la Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, las maravillas de su amor misericordioso. Amén.

Virgen Inmaculada
Tu intacta belleza espiritual
es para nosotros manantial vivo
de confianza y esperanza.

Tenerte como Madre, Virgen santísima,
nos alienta en el camino de la vida
como prenda de salvación eterna.

Por eso, a ti, oh María,
recurrimos confiados.

Ayúdanos a construir un mundo
donde la vida del hombre se ame
y defienda siempre,
donde se destierre toda forma de violencia
y todos busquen tenazmente la paz.

Virgen Inmaculada!
En este Año de la Eucaristía,

concédenos celebrar y adorar
con fe renovada y ardiente amor
el santo misterio del Cuerpo
y la Sangre de Cristo.

En tu escuela, oh Mujer eucarística,
enséñanos a recordar las obras admirables
que Dios no cesa de realizar
en el corazón de los hombres.

Con solicitud materna, Virgen María,
guía siempre nuestros pasos
por las sendas del bien.

Amén.

Juan Pablo II

Homilía del 8 de diciembre de 2004


jueves, 6 de diciembre de 2007

San Juan de la Cruz (1542-1591)

F.V.D.
VIVO SIN VIVIR EN MI

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero,
porque no muero.

En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo,
pues sin él, y sin mí quedo,
¿este vivir qué será?
mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo, porque no muero.

Esta vida, que yo vivo
es privación de vivir,y así es continuo morir,
hasta que viva contigo:
oye mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero,
que muero, porque no muero.

Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer,
la mayor que nunca vi?
lástima tengo de mí,
pues de fuerte persevero,
que muero, porque no muero.

El pez que del agua sale,
Aún de alivio no carece,
que la muerte que padece,
al fin la muerte le vale;
¿qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo, más muero?

Cuando me empiezo aliviar
de verte en el Sacramento,
háceme más sentimiento,
el no te poder gozar:
todo es para más penar,
y mi mal es tan entero,
que muero, porque no muero.

Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte,
en ver que puedo perderte,
se me dobla mi dolor,
viviendo en tanto pavor,
y esperando, como espero,
me muero, porque no muero.


Sácame de aquesta muerte,
mi Dios, y dame la vida,
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte,
mira que muero por verte,
y de tal manera espero,
que muero, porque no muero.

Lloraré mi muerte ya,
y lamentaré mi vida,
en tanto, que detenida
por mis pecados está:
¡oh mi Dios, cuándo será,
cuando yo diga de vero
vivo ya, porque no muero!

San Juan de la Cruz

domingo, 2 de diciembre de 2007

San Bernardo de Claraval

F.V.D.

Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: invoca a María!.

Si te golpean las olas de la soberbia, de la maledicencia, de la envidia, mira a la estella, invoca a María!

Si la cólera, la avaricia, la sensualidad de tus sentidos quieren hundir la barca de tu espíritu, que tus ojos vayan a esa estrella: invoca a María!

Si ante el recuerdo desconsolador de tus muchos pecados y de la severidad de Dios, te sientes ir hacia el abismo del desaliento o de la desesperación, lánzale una mirada a la estrella, e invoca a la Madre de Dios.


En medio de tus peligros, de tus angustia, de tus dudas, piensa en María, invoca a María!

El pensar en Ella y el invocarla, sean dos cosas que no se parten nunca ni de tu corazón ni de tus labios. Y para estar más seguro de su protección no te olvides de imitar sus ejemplos.

Siguiéndola no te pierdes en el camino!

¡Implorándola no te desesperarás! ¡Pensando en Ella no te descarriarás!

Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir. Bajo su manto nada hay que temer.

¡Bajo su guía no habrá cansancio, y con su favor llegarás felizmente al Puerto de la Patria Celestial!

Amén!

San Bernardo