miércoles, 31 de octubre de 2007

A los jóvenes, de Juan Pablo II

F.V.D.



“Es a Jesús a quien buscan cuando sueñan la felicidad; es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran; es Él la belleza que tanto los atrae; es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de sus vidas algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometerse con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.”


S.S. Juan Pablo II.
Discurso en la Vigilia de Oración,
XV Jornada Mundial de la Juventud.
Torvergata, 19 de agosto de 2000.

Preso por Cristo por F. X. Nguyen van Thuan

F.V.D.

Jesús,

ayer por la tarde, fiesta de la Asunción de María, fui arrestado.

Transportado durante toda la noche de Saigón hasta Nhatrang, a cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia, en medio de dos policías, he comenzado la experiencia de una vida de prisionero.

Hay tantos sentimientos confusos en mi cabeza: tristeza, miedo, tensión;

Con el corazón desgarrado por haber sido alejado de mi pueblo.

Humillado, recuerdo las palabras de la Sagrada Escritura: “Ha sido contado entre los malhechores”.

He atravesado en coche mis tres diócesis: Saigón, Phanthiet, Nhatrang, con profundo amor a mis fieles,

Pero ninguno de ellos sabe que su pastor está pasando la primera etapa de su via crucis.

Pero en este mar de extrema amargura, me siento más libre que nunca.

No tengo nada, ni un céntimo, excepto mi rosario y la compañía de Jesús y María.
De camino a la cautividad he orado: “Tú eres mi Dios y mi todo”.

Jesús,

ahora puedo decir como san Pablo: “Yo, Francisco, prisionero de Cristo” (Ef 3,1)

En la oscuridad de la noche, en medio de este océano de ansiedad, de pesadilla, poco a poco me despierto: “Debo afrontar la realidad”.

“Estoy en la cárcel. Si espero el momento oportuno de hacer algo verdaderamente grande, ¿cuántas veces en mi vida se me presentarán ocasiones semejantes?

No, aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria”.

Jesús,

no esperaré; vivo el momento presente colmándolo de amor.

La línea recta está formada por millones de puntitos unidos entre sí.

También mi vida está integrada por millones de segundos y de minutos unidos entre sí.

Dispongo perfectamente cada punto y mi línea será recta.

Vivo con perfección cada minuto y la vida será santa.

El camino de la esperanza está enlosado de pequeños pasos de esperanza.

La vida de esperanza está hecha de breves minutos de esperanza.

Como Tú, Jesús, que has hecho siempre lo que le agrada a tu Padre. Cada minuto quiero decirte: Jesús, te amo; mi vida es siempre una “nueva y eterna alianza” contigo.

Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia:

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…


Por F. X. Nguyen van Thuan

martes, 30 de octubre de 2007

Abrir el corazón a Cristo

Adaptación de la homilia ignagural el Papa Benedicto XVI,
en la Plaza de San Pedro,
Domingo 24 de Avril de 2005

Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente.


Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: “Maestro, por tu palabra echaré las redes”. Se le confió entonces la misión: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre.

Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.

Amén.

sábado, 27 de octubre de 2007

XXIª Jornada Mundial de la Juventud, 2006 (Fragmento)


Queridos jóvenes, amad la palabra de Dios y amad a la Iglesia, que os permite acceder a un tesoro de un valor tan grande introduciéndoos a apreciar su riqueza. Amad y seguid a la Iglesia que ha recibido de su Fundador la misión de indicar a los hombres el camino de la verdadera felicidad. No es fácil reconocer y encontrar la auténtica felicidad en el mundo en que vivimos, en el que el hombre a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen, a pesar de creerse “libre”, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes. Urge iluminar la oscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado cómo puede suceder esto: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

Queridos jóvenes, meditad a menudo la palabra de Dios, y dejad que el Espíritu Santo sea vuestro maestro. Descubriréis entonces que el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos de la Historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la alegría que nace de la verdad. En el camino de la vida, que no es fácil ni está exento de insidias, podréis encontrar dificultades y sufrimientos. Pero la presencia amorosa de Dios, a través de su palabra, es antorcha que disipa las tinieblas del miedo e ilumina el camino, también en los momentos más difíciles.

Es necesario tomar en serio la exhortación de considerar la palabra de Dios como un “arma” indispensable en la lucha espiritual; ésta actúa eficazmente y da fruto si aprendemos a escucharla para obedecerle después.

San Jerónimo observa al respecto: “El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo” (PL 24,17; cfr. Dei Verbum, 25). Una vía muy probada para profundizar y gustar la palabra de Dios es la lectio divina, que constituye un verdadero y apropiado itinerario espiritual en etapas. De la lectio, que consiste en leer y volver a leer un pasaje de la Sagrada Escritura tomando los elementos principales, se pasa a la meditatio, que es como una parada interior, en la que el alma se dirige hacia Dios intentando comprender lo que su palabra dice hoy para la vida concreta. A continuación sigue la oratio, que hace que nos entretengamos con Dios en el coloquio directo, y finalmente se llega a la contemplatio, que nos ayuda a mantener el corazón atento a la presencia de Cristo, cuya palabra es “lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana”

Advierte el apóstol Santiago: “Pero tenéis que poner la Palabra en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos.”

“Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, —dice Jesús— será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7,24): no cederá a las inclemencias del tiempo.

Construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina: ¡he aquí, jóvenes del tercer milenio, cuál debe ser vuestro programa! Es urgente que surja una nueva generación de apóstoles enraizados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a para difundir el Evangelio por todas partes. ¡Esto es lo que os pide el Señor, a esto os invita la Iglesia, esto es lo que el mundo —aun sin saberlo— espera de vosotros! Y si Jesús os llama, no tengáis miedo de responderle con generosidad, especialmente cuando os propone de seguirlo en la vida consagrada o en la vida sacerdotal. No tengáis miedo; fiaos de Él y no quedaréis decepcionados.

María, presente en el Cenáculo con los Apóstoles a la espera del Pentecostés, os sea madre y guía. Que Ella os enseñe a acoger la palabra de Dios, a conservarla y a meditarla en vuestro corazón (cfr. Lc 2,19) como lo hizo Ella durante toda la vida. Que os aliente a decir vuestro “sí” al Señor, viviendo la “obediencia de la fe”. Que os ayude a estar firmes en la fe, constantes en la esperanza, perseverantes en la caridad, siempre dóciles a la palabra de Dios. Os acompaño con mi oración, mientras a todos os bendigo de corazón.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Charles de Foucauld (1858-1916)

F.V.D.

"Apenas creí que había Dios, comprendí que debía vivir solo para Él. Mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe. ¡Dios es tan grande¡ ¡Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!"

- LA NOCHE DEL DESIERTO

"Hay que pasar por el desierto y quedarse para recibir la gracia de Dios: allí uno se vacía, aleja de sí todo lo que no es Dios y vaciamos completamente nuestra alma para dejar todo el lugar a Dios solo... Los hebreos pasaron por el desierto: Moisés vivió allí antes de recibir su misión; San Pablo, al salir de Damasco, pasó por Arabia... Es indispensable...

Es un tiempo de gracia... Es un período por el cual toda alma que quiera dar frutos debe pasar necesariamente... Es necesario ese silencio, ese recogimiento, ese olvido de todo lo creado en el que Dios se establece, donde reina y forma en ella el espíritu interior... la vida íntima con Dios... la conversación del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad..."

"Más tarde, el alma producirá frutos exactamente en la medida en que el hombre interior se habrá formado en ella..."


- LA EUCARISTÍA Y LOS POBRES

"...evangelización no por la palabra, sino por la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del divino sacrificio, la oración , la penitencia, la práctica de las virtudes evangélicas, la caridad , una caridad fraterna y universal, compartiendo hasta el último bocado de pan con cualquier pobre, con cualquier huésped, con cualquier desconocido que se presentara, recibiendo a cualquier humano como a un hermano bien amado".

Vemos cómo la Eucaristía se hace un bocado de pan para todos. Aquella presencia produce ésta. El pan que se adora lleva al pan que se comparte. La irradiación de la Eucaristía tiene el sabor del pan compartido y da la vida. Si aquella adoración no conlleva el compartir entre pobres, la luz se apaga y la tiniebla se adueña de nuevo.

Pero la Eucaristía, centro del apostolado, debe ser llevada a los hombres. No basta iluminar un lugar..

- "SI EL GRANO DE TRIGO NO MUERE..."

En la cooperación de la redención, sabe que la roturación del campo, que hay que realizar antes que todo otro trabajo, consiste en aniquilarse a sí mismo, dejándose abrasar por la llama del sacrificio.

"Ruegue usted por mí para que ame, ruegue para que ame a Jesús. Ruegue para que ame su cruz, ruegue para que ame la cruz, no por ella misma sino como medio, el camino único de glorificar a Jesús. El grano de trigo no da fruto si no muere".